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Abrapalabra Taller Literario
Lanús - Argentina
Taller de escritura, lectura y análisis crítico y
degustativo de las palabras y las metáforas.

Integrantes: Betty Capella, Roberto Cerello, Fabián Di Lernia, Alejandra Fariña, Silvia Fornaro, Miguel Fraguela, María Centurión y Julián Pagano.

Coordinadora: Andrea Testa


Encuentros: Sábados de 17:30 a 19:30 Hs

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Últimos comentarios de este Blog

29/01/13 | 21:13: daniel coletta dice:
muy muy bueno y además, conmovedor. Yo desee lo mismo cuando tenía 7
06/01/12 | 23:44: Miguel Fraguela dice:
¡Excelente Fabián! Gran poder de sintesis para describir la distancia entre la esperanza y lo que no se puede alcanzar. Este cuento es una pintura. También a mí me conmovió.
17/12/11 | 09:00: Elena A.Navarro(Falta tiempo para tanto decir) dice:
Muy bueno el relato con un final extraordinario, conmovedor
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En este blog encontrarás los textos producidos por los
integrantes del taller, ya sean con consignas previamente
dadas o textos libres.
Creemos y sostenemos el "trabajo de escritura" y "el
aprendizaje en grupo".
Escucha y debate son nuestras herramientas para darle
alas a las palabras; para que poesías, cuentos, ensayos,
sean, además de un hecho estético, un acto de comunicación.


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FANTASMAS DE MI VIDA



I

 

  

  El director golpeó con fastidio la batuta sobre el piano de cola: “señorita, no busque la nota como violinista gitano”

  Le apreté el brazo tratando de que no se trenzara en una discusión anodina. Tarde, Mercedes estaba encendida y con mirada furibunda le respondió: “usted dio mal el tono señor, es si bemol y usted entonó el mi”

  Como suele suceder en estos grupos  de artistas unos entonaron el mí y el otro sector de contra altos y sopranos, si bemol y así, el acorde subía y bajaba en un largo sostenutto, sin prestar atención a la batuta, que sobre el piano marcaba un ritmo de locura.

  Estaban caldeados los ánimos, al día siguiente en el teatro San Martín estrenaríamos la misa de Franz Listz y unas partituras búlgaras que el director trajo en su último viaje.

  El barítono estaba disfónico y la letra de las canciones búlgaras estaba más que insegura.

  Terminó el ensayo  y nos dispersamos, como siempre, ruidosamente.

  Al llegar a la calle Mercedes me detuvo: “si vas a la clase de canto voy con vos”

Cruzamos Corrientes.

  Comenzamos a caminar por Ayacucho hacia el norte. Mercedes andaba a mi lado y hablaba sin puntos ni comas. Estaba muy nerviosa.

  Había faltado a los ensayos durante quince días…

  No éramos  amigas, sabía que estaba enferma.

  La llamé por teléfono.

  Me invadió una sensación de desagrado cuando oí que me decía: “Es así Verónica, me da lo mismo morir a los veintiocho  años que a los treinta idos.”

  Grité ¡hola! ‘hola, hola! Corto porque no te escucho.

  No volví a llamarla

  Ahora caminaba a mi lado hablando atropelladamente, no podía prestarle atención, el tránsito estaba complicado, pero era yo, que me negaba a oírla, a comprender esa necesidad de volcar sus dolorosos sentimientos.

  Llegamos a la avenida Córdoba, el semáforo nos sorprendió en la mitad de la calle.  Nos quedamos quietas, expectantes, pegadas una a la otra; estiré la mano delante de ella en un gesto espontáneo de  protección y me dijo sin expresión: “tranquila, ya te dije que me da igual morir a los veintiocho  que a los treinta y dos; pero no voy a esperar tanto.”

  Entonces, la zamarree en medio de la calle: le grité que se callara. Le dije lo que pensaba y lo que no pensaba, entre bocinazos y mofas al ver dos estatuas plantadas en mitad de la avenida.

 

II

 

  No concurrió a la función.

  La misa de Listz salió impecable y las canciones búlgaras muy bien expresadas.

  Estaba inquieta, sentía el estómago apretado y cuando cayó el telón, indicando que la primer parte había finalizado, corrí al hall la llamé por teléfono.

  Había muerto. Mercedes Acosta Moreno, había muerto.

  Madrigales de Monteverdi y algo de folclore argentino y como bis “adiós nomino”

  Evité la compañía de mis amigos y caminé sola por la noche.

  Sola, sin una lágrima.

  Sola, con un nudo en la garganta anulando mi voz.

  Sola, con la angustia a dentro, prisionera, sin voz para que salga.

  Sola… Caminé sola por la noche  sin sospechar que ya no volvería a estar en soledad.

 

III

 

  Y así son las cosas.

  Así es la vida.

  Así es el tiempo que corre inexorable, junto al olvido que borra, que borra los recuerdos, las voces, los… -sentimientos- que borra.

 

  Lunes: un ensayo más.

  Salgo corriendo a la clase de canto.

  Cruzo Corrientes y comienzo a caminar por Ayacucho, hacia el norte.

  No sé donde la vi: si al llegar a la Valle o entre Tucumán y Viamonte; lo cierto es que la vi: caminaba a mi lado con el pelo largo mirando hacia delante, sin las partituras.

  Crucé en contravención hacia los números impares y antes de llegar a Córdoba empecé a correr.   La gente me empujaba contra la pared y yo, corría. Pasé la avenida corriendo en la calle Paraguay, el colectivo ciento treinta y dos.  Por más que se esforzó su conductor me golpeó arrojándome a la vereda.   Al fin, arribé a Paraguay veinte cincuenta y tres.

  El portero me abrió la puerta del ascensor, sentí frío en todo el cuerpo, le di las gracias, subí por la escalera.  (No me atreví a quedarme sola encerrada en el ascensor).

 

  Do- re- mi- fa- sol - sol- fa- mi- re- do. “Está desafinando, No llega a los agudos, mejor dejamos aquí y me cuenta que la preocupa”

  Éramos amigos, tomamos un café, pero no pude ni quise contarle, además… ya sabía la respuesta: está sugestionada, ese camino lo hacían juntas, pruebe de venir por Río Bamba.

  Subí al treinta y siete en la seguridad que por fin la historia había terminado.

  Estaba cansada, demasiados conciertos, nesecitaba un día al aire libre, con pájaros, con la risa de mis hijos; pero la historia recién comenzaba.  

 

  Después de ordenar, de preparar la cena, subí a la habitación de mi hijo, llebando todo lo que deja disperso por la casa. Abrí la puerta, encendí la luz y dejé los cuadernos sobre el escritorio, cuando iba a colgar la campera en el placar….

 

  La vi acostada en la cama de mi hijo, con el pelo cayendo por la cabecera de la cama.

  La vi  y no pude gritar.

  No pude hacer nada.   Me quedé estática.

  Hice un esfuerzo y colgué la campera, no era una visión, cuando salí, seguía tendida en la cama.  Bajé corriendo, con ganas de llorar.

  Sabía que mi marido se iba a reír; pero se lo conté igual, mi cara era un espanto, no podía negar que algo me pasaba.

  Llamé a   Walver, mi médico analista y me citó para el día siguiente, después del ensayo.

  Decidí caminar las ocho cuadras que me separaban del consultorio.

  Nesecitaba pensar, aunque no se puede pensar demasiado caminando Corrientes.

 

  Ascensor, trece pisos, estaba tranquila. Como en la sala de espera por lo general no ay nadie: (a Walver no le gusta hacer esperar)

  Empujé la puerta y me senté: estaba ahí. Sentada frente a mí. No pude ponerme de pie, ni llamar a Walver, un temblor absurdo me sacudía como a una hoja sin vida.

  Walver habló del consciente, del inconsciente, de su gestión, percepción, de sensibilidad…

  Le pedí que me acompañara hasta la calle y aunque me pareció raro no se negó: sentía miedo, -pánico- no quería estar sola.

  Le pedí a mi madre que me esperara a la salida del coro y que se quedara en casa hasta que regresara mi marido y a él, en tono de broma; pero –muy enserio- le pedí que me acompañara al baño

 

IV

  Le gustaba sorprenderme, no sabía si jugaba o era maldad, sentía su presencia en todas partes: en el patio, junto a la heladera y cuando no pensaba en Ella me invadía su recuerdo y gritaba llamando a mi madre, a mi marido a…

  Walver no quería medicar; pero sucedió que se despertaron todos los fantasmas de mi vida, seres que había amado profundamente y que ahora conspiraban contra mí salud mental y de mi espíritu.

  Estaba aterrada.

  No podía caminar por la casa sin tropezar con un recuerdo: me dirigí al dormitorio y  antes de entrar me detenía, sentía la presencia de… un ser querido que hacía tiempo no se encontraba entre nosotros.

  No podía estudiar las partituras: abría el piano y a mi lado Mercedes leía el pentagrama.

  De manera que a mi dormitorio no podía entrar. Al cuarto de mi hijo… tampoco.

  En el living… seres macabros, los había querido y respetado y ellos surgían de la nada para atormentarme, para quebrar mi fortaleza espiritual: fantasmas con nombre y apellido.

 

V

 

  Llegué a la consulta furiosa, estaba –harta- de fantasmas. Empujé la puerta y busqué con mirada desafiante, Mercedes no se encontraba allí, suspiré aliviada.

  Los perros vagabundeaban en mis sueños, deseándome: andábamos por calles soleadas, por prados floridos, ellos y yo, él y yo.

  Despertaba gritando, desesperada por el asedio canino.

  Walver decía: que el perro significaba el hombre y de ahí surgía el conflicto.

 

  Entonces subí al ascensor sacando pecho, desafiante caminé por el pasillo hacia la calle. Por Pueyrredón, creí verla entre la gente; pero me di cuenta que estaba alterada, ansiosa, había tomado una determinación –y no me volvería atrás- -¡No me iba a suceder lo mismo que a los personajes de Cortazar!

  No iba permitir que los fantasmas me sacaran de mi lugar.

  En plaza Miserere hice la cola, subí antes que el chofer y estaba ahí sentada en el primer asiento, esperándome.

  La miré con odio, con desprecio, con amor, con miedo y le dije con los ojos todas las palabras que de mi boca cerrada no salían.

  Casi en susurro musité que me dejara  en paz, que volviera a su lugar, que haría una  oración por ella y me senté en el mismo asiento, ya no sentía miedo o quizá… todavía lo sentía.

 

 

VI

 

  Mi marido decidió viajar a Río Negro. Tomaríamos vacaciones y así dejaríamos encerrados a los fantasmas. Como en “Casa tomada” nos habían ganado, nos estaban arrojando de la casa; pero no tiré la llave, volví, para contarles esta historia.  

 

 

                                                                                                                      Betty Capella.

                                                                                                                        .


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