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Abrapalabra Taller Literario
Lanús - Argentina
Taller de escritura, lectura y análisis crítico y
degustativo de las palabras y las metáforas.

Integrantes: Betty Capella, Roberto Cerello, Fabián Di Lernia, Alejandra Fariña, Silvia Fornaro, Miguel Fraguela, María Centurión y Julián Pagano.

Coordinadora: Andrea Testa


Encuentros: Sábados de 17:30 a 19:30 Hs

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Últimos comentarios de este Blog

29/01/13 | 21:13: daniel coletta dice:
muy muy bueno y además, conmovedor. Yo desee lo mismo cuando tenía 7
06/01/12 | 23:44: Miguel Fraguela dice:
¡Excelente Fabián! Gran poder de sintesis para describir la distancia entre la esperanza y lo que no se puede alcanzar. Este cuento es una pintura. También a mí me conmovió.
17/12/11 | 09:00: Elena A.Navarro(Falta tiempo para tanto decir) dice:
Muy bueno el relato con un final extraordinario, conmovedor
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alas a las palabras; para que poesías, cuentos, ensayos,
sean, además de un hecho estético, un acto de comunicación.


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LA CARTA Y LA ESTAMPILLA



Esa mañana, después de mucho tiempo, Valeria salió de su casa. Siempre había sido ermitaña, pero desde que sus piernas sufrieron la parálisis, se aisló en su cuarto y, según me contaba su madre, pasaba el día leyendo novelas de Agatha Christie.
Vivía enfrente de mi casa y éramos amigas desde el jardín de infantes. Ibamos a todos lados juntas. En el barrio nos decían “la carta y la estampilla”. Las dos practicábamos gimnasia rítmica en el G.E.B.A..
Valeria era una excelente gimnasta. Su cuerpo se movía con una destreza casi perfecta. La profesora preparaba esquemas especiales para ella. Cuando el club organizaba festivales, la gente esperaba ansiosamente. Valeria repetía los ejercicios una y otra vez, pero el público no se cansaba. Aplaudían sin cesar y hasta le pedían autógrafos. A pesar de su popularidad, no perdió la modestia. Ni siquiera se vanagloriaba de sus habilidades. Practicaba intensamente y lo hacía con vocación. Nunca escuché que se quejara por el entrenamiento. Creo que nació para vivir sobre una barra.
Cuando cumplió los dieciocho, el club le regaló un viaje a la Unión Soviética para que conociera a las mejores gimnastas del mundo. Pero ella no pudo viajar, porque una semana antes de la fecha establecida, la atropelló un auto.
Después de la noche del accidente, no volvió a hablar con nadie. Los únicos que entraban en su habitación eran sus padres y el perro. Fui muchas veces a verla, pero nunca quiso atenderme. La última vez que hablé con ella, me contó que la comisión de socios vitalicios le había conseguido una invitación para participar en un torneo de Moscú. Al día siguiente, vino su hermano a casa y me contó lo del accidente.
Esa mañana salió por la puerta de servicio, seguramente, no quería que la vieran. La madre empujaba el sillón y el padre esperaba en la calle. La puerta trasera de la camioneta estaba abierta. Sentí algo inexplicable cuando vi a Valeria. Tenía el pelo un poco más largo, pero no había grandes cambios en su fisonomía. Vestía un equipo de gimnasia negro y una manta escocesa le cubría las piernas. Subieron al vehículo y se fueron.
Terminé de regar las plantas del balcón y entré al departamento. Me tiré en el sofá y escuché música. En la mente tenía las imágenes de las dos Valerias: la que rompía el aire con el movimiento de los músculos y la que vivía sumergida en hojas amarillentas de historias inventadas. La que me defendía en los recreos cuando Noelia venía a pegarme y la que necesitaba sumirse en la soledad de su cuarto, para que no le hicieran recordar que el sentido de su vida se había perdido en una esquina trágica.
Al rato, tocaron el timbre. Me levanté y al atender, la vi. Estaba de pie, tomándose del brazo de un policía.
Me miró fijamente, como si quisiera desintegrarme con la vista. Y le dijo a otro agente, que venía caminando por el palier “Es Paula Salcedo. Ella me atropelló el cuatro de marzo de mil novecientos setenta”.
Ni había pensado que podría descubrirme. Tenía puesto un turbante, anteojos negros y la calle estaba muy oscura. Además, Valeria sabía que yo tenía miedo y no me atrevería a sacar el auto de mi abuelo, sin tener el registro.
Me faltan dos años para cumplir la condena. Todos los días son iguales. Conozco este lugar como la palma de mi mano. Se cuántas manchas hay en el techo, cuántas baldosas en el piso y cuántas cucarachas se esconden en cada resquicio . Desde que estoy acá, cambiaron doce celadores y cinco cocineras. Cuando miro las rejas, me acuerdo de mis abuelos, del club, de los infinitos esguinces que tuve que soportar, de Valeria, del charco de sangre, de mí misma después del accidente.
Hay un solo motivo que me permite sobrellevar esta vida miserable: completar mi obra.

Andrea Testa

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Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
28/06/08 | 09:00: roberto dice:
Excelente la trama y el desenlace.Paula discapacita a su alter ego,mostrando lo limitado de su identidad personal
robercerello@hotmail.com
 
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