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Abrapalabra Taller Literario
Lanús - Argentina
Taller de escritura, lectura y análisis crítico y
degustativo de las palabras y las metáforas.

Integrantes: Betty Capella, Roberto Cerello, Fabián Di Lernia, Alejandra Fariña, Silvia Fornaro, Miguel Fraguela, María Centurión y Julián Pagano.

Coordinadora: Andrea Testa


Encuentros: Sábados de 17:30 a 19:30 Hs

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Últimos comentarios de este Blog

29/01/13 | 21:13: daniel coletta dice:
muy muy bueno y además, conmovedor. Yo desee lo mismo cuando tenía 7
06/01/12 | 23:44: Miguel Fraguela dice:
¡Excelente Fabián! Gran poder de sintesis para describir la distancia entre la esperanza y lo que no se puede alcanzar. Este cuento es una pintura. También a mí me conmovió.
17/12/11 | 09:00: Elena A.Navarro(Falta tiempo para tanto decir) dice:
Muy bueno el relato con un final extraordinario, conmovedor
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alas a las palabras; para que poesías, cuentos, ensayos,
sean, además de un hecho estético, un acto de comunicación.


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LA MUÑECA



I

 

  Es pequeño el jardín, con un árbol centenario que renace en cada primavera obligando al transeúnte a detener su marcha y aspirar su aroma, único, incomparable y unas camelias dormilonas, que en junio sueltan rojas  carcajadas mientras el jardín sueña con la primavera.

  Es pequeño el jardín; pero la casa grande. Es una casa metida adentro de la otra .Un living-comedor largo como dos brazos abiertos, un pasillo, a la derecha una habitación y a la izquierda un baño. Más adelante una cocina  y a continuación un patio interno: "el patio de vidrio". Lo llamamos así porque el techo es de vidrio ligeramente transparente.

  Cruzamos el patio y nos vamos a detener en esta habitación, escenario de mis grandes miedos: el cuarto es sencillo, ordenado con buen gusto: un sillón con alegres almohadones, una cajonera con retratos y una parva de partituras, algunos discos y el piano imponiendo respeto, pulcro y señorial. Un espeso cortinado y un cuadro.  Desde  mi ignorancia no puedo describirlo: es una pintura… bella, muy bella; pero no puedo definirla: un rostro…. Nubes…..Sombras esfumadas…. No se, es bello; pero no se.

  Al salir de este cuarto, entramos en otro living-comedor igual, largo como brazos abiertos. Otra cocina; pero mucho más grande, un dormitorio, un espacioso baño y el fondo.

  Un naranjo, un limonero y  un señor palo borracho: pasto, sombras y un algo inquietante.

  Me sentí un poco perdida cuando vine a vivir en esta casa, tan grande, tan ordenada; pero comenzaba una nueva vida y  estaba dispuesta a transitarla sacando pecho, con valentía, dejando esa absurda timidez que me hizo perder momentos de felicidad y oportunidad de progresar; pero ahora era una mujer casada y tenía que hacerme cargo de lo que esto significaba

  Entré a la casa con estos propósitos; pero, me duró muy poco. Como corresponde, trabajábamos los dos, Yo regresaba más temprano.  Al entrar a la casa me invadía una sensación de soledad, de abandono, claro que yo venía arrastrando todo el consentimiento de mi familia y de mis compañeros de trabajo, (privilegio que da el ser la más joven) Pero ahora era una señora, la señora de la casa: Señora solución, Señora, responsabilidad, "Señora".

  Lo cierto que aquí viví durante varios  años. Nacieron mis hijos y con ellos nuevas historias.

  También pasaron mis sobrinos y crecieron jugando con mis hijos.

  Cuando me dominaba esa sensación de miedo… es imposible expresar, creo que el miedo no se puede explicar, no existen las palabras que puedan transmitir ese estado oscuro de conciencia.

  Decía que, cuando era atacada por los seres invisibles del miedo, corría al jardín, llamaba a los niños y como no sabía qué decirles, les ofrecía un dulce o les preguntaba: ¿me llamaban?  Así transcurrió mi vida en esta casa. Con miedo de atravesar el cuarto donde se hallaba el piano.

 

  Una noche, antes del nacimiento de mis hijos, pasaba por el cuarto donde se hallaba el piano (íbamos a cenar en el comedor del fondo) y el terror me dejó sin acción: una risa larga, espeluznante, surgía del cuadro que al principio no pude definir, no era una sensación. No era el fruto de mi imaginación alterada.

  Muy lejos de mí estaba el pensar que un cuadro, que una pintura pudiera reírse y con un sonido tan desagradable.

  Los ñoquis al filetto quedaron en mi plato y no encontraba excusa valedera: ¡Cómo decirle que tenía un nudo en el estómago, que la risa del cuadro me había sacado las ganas de comer!

  Imposible. Suficiente con el cuadro. No iba a dar pie para que mi marido largara la carcajada y a él, no lo iba a perdonar.

  En esta casa sucedieron muchas cosas extrañas, no las voy a relatar a todas, porque no es mi intención escribir una novela de misterio. Voy a exponer dos historias: la de un perro y la de una muñeca.

 

  El perro era color canela, de ahí su nombre. Tenía una mirada dulce, penetrante.

 Soñaba con Canela. No eran buenos los sueños. Caminaba pegado a mi, dominándome con la mirada dulce, penetrante, quería despertar, sabía que soñaba.

  A veces mi marido me sacudía para sacarme del sueño y estaba ahí, en la puerta del dormitorio, mirando; pero había una orden en esos ojos: no tenía que contar el sueño.

  Quería pedirle a mi marido que no se le permitiera a Canela el acceso a la casa; pero no me atrevía: Canela era el  dueño, el  gracioso, era mi perseguidor y mi tortura.

  Me esperaba en la puerta del baño, en la cocina, seguía todos mis movimientos, no desde un rincón, se quedaba parada en el medio, con los ojos fijos en mí.

  Si salía a escondidas tratando que Canela no me viera y lograba llegar a la calle, sintiendo que era libre, al menos por un rato, el perro me esperaba en la esquina y comenzaba a caminar junto a mí sin mirarme, aguardándome en la puerta de cada negocio, donde entraba para hacer las compras.

  Estaba angustiada. Sabía que no podía continuar así; pero… ¿Qué hacer?

  Había tomado la desición de consultar con el doctor Walver; pero estaba prisionera, presa en mi propia casa: Canela era el silencioso centinela.

  Intenté varias veces salir de la casa. Imposible. El perro al oír mis movimientos se paraba en las patas traseras y con las delanteras golpeaba la puerta.

  Aprovechando ese momento, corría a la puerta del costado, para salir por el patio de vidrio… Y ahí estaba, echado largo a largo en el umbral, como un felpudo.

  Una mañana, ¡Harta de la persecución absurda de un perro! Abrí la puerta del living, salté por encima de Canela y corrí a la calle.

  El perro me alcanzó en la vereda; pero sucedió que Berta, el ovejero alemán de mi vecino, desafió a pelear a Canela y éste aceptó.

  Tomé el primer colectivo que pasó. Saqué boleto para cualquier parte, temiendo en cada esquina toparme con sus ojos, con esos ojos de mirada dulce, penetrantes y acatar la orden de bajar.

  Regresé muy tarde.

  La familia estaba triste y preocupada: Berta había lastimado a Canela y no había esperanzas de recuperación.

  Entré en un estado de confusión: no sabía si estaba triste o contenta.

  Si sabía, era libre, había recuperado la libertad y no volvería a perderla.

 

II

 

  Todas las noches, mi nieta retiraba las  muñecas de su dormitorio, las  llevaba al patio y les cubría el rostro con una remera o un repasador.con qué, no importaba,  el rostro de las muñecas tenía que estar bien cubierto.

Observándola en esos menesteres, le pregunté por qué dejaba las muñecas en el patio y con la cara tapada: “Es que son feas abuela y pienso que me miran cuando duermo,  me da miedo”.

  Me llamó atención, es raro que un niño deseche a sus muñecos,  algunos  no se duermen si no tienen a su oso o a su muñeco favorito……  

  La verdad, es que las muñecas de Daniela eran feas. Las había traído mi sobrina de California y tenían la particularidad de reírse, no al reclinarla como a los muñecos llorones, sino por vibración.

 

  Entré muy preocupada a la sala del piano, tenía que estudiar unos madrigales de Monteverde que me estaban sacando canas; no verdes,  sino de todos los colores, cuando una carcajada me heló la sangre. Me quedé sin respirar. Encendí la luz y vi a las muñecas que reían sentadas en el sillón junto a un muñeco de ojos azules. Sentí que el muñeco me miraba con esa mirada sin luz, que me dominaba. Di unos pasos hacia el sillón  como zombi, temblando me senté junto a ellos. El muñeco se acurrucó sobre mi falda sentí el grito en la garganta. Con gran esfuerzo me puse de pie. Levanté la tapa del piano. Coloqué la partitura en el atril. Abrí la boca. Ni un sonido logré emitir. Me senté nuevamente en el sillón. Cerré los ojos, había perdido el dominio de mi cuerpo: No, no soñaba. "Eccomormorarlonde, e tremolar le fronte”.

  Era la muñeca, la más fea, cantaba Monteverdi con mi voz: ella sentada al piano, yo, escuchando, desde el sillón,  con el muñeco pegado a mí, con los ojos azules, sin luz. “Eccomormorarlonde”.

 

  Y ahora ella se pasea por la casa, con mi cuerpo, con mi voz.

  Y yo, sentada en el sillón río,  cuando alguien pasa y hace vibrar  las maderas del piso.

 

                                                                                                              Betty Capella

 

 


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Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
23/04/11 | 15:47: MATILDE dice:
Estuve leyendo con detenimiento algunos de los cuentos y poemas y me parecieron muy buenos, algunos tienen un poco más de fuerza que otros que son más light.Les recomiendo, si me permiten, desde mi humilde lugar de lectora, la obra de Pablo Ramos, fuertísima.Cuando lo peor haya pasado(cuentos)El origen de la tristeza y, a mi criterio lo mejor La ley de la ferocidad.
matwentzel@yahoo.com.ar
 
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