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Abrapalabra Taller Literario
Lanús - Argentina
Taller de escritura, lectura y análisis crítico y
degustativo de las palabras y las metáforas.

Integrantes: Betty Capella, Roberto Cerello, Fabián Di Lernia, Alejandra Fariña, Silvia Fornaro, Miguel Fraguela, María Centurión y Julián Pagano.

Coordinadora: Andrea Testa


Encuentros: Sábados de 17:30 a 19:30 Hs

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29/01/13 | 21:13: daniel coletta dice:
muy muy bueno y además, conmovedor. Yo desee lo mismo cuando tenía 7
06/01/12 | 23:44: Miguel Fraguela dice:
¡Excelente Fabián! Gran poder de sintesis para describir la distancia entre la esperanza y lo que no se puede alcanzar. Este cuento es una pintura. También a mí me conmovió.
17/12/11 | 09:00: Elena A.Navarro(Falta tiempo para tanto decir) dice:
Muy bueno el relato con un final extraordinario, conmovedor
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alas a las palabras; para que poesías, cuentos, ensayos,
sean, además de un hecho estético, un acto de comunicación.


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BANDERAS



“… y declarar con sus ojos que

por qué es carne de yugo”

 

Miguel Hernández

 

  Mira atentamente a Ramón, parado a una distancia de cien metros. Lo mira tenazmente; pero él no lo ve. Está entretenido disparándoles con la gomera a los chimangos que pasan cerca.

  ¡Este Ramón, todavía no entendió que no vale la pena “gastar pólvora en chimango”!

  Está muy cansado, ya se tomó toda el agua y a esta altura de la tarde, el sol  arreció por todos los flancos. Su lomo curtido sigue aguantando los azotes de febo; pero tiene sed y sueño y la remera anudada en la cabeza no le alcanza para aplacar el calor.

  ¿Qué hora será? Desde la mañana estoy caminando para que me vea la avioneta.

  Vuelve a mirar a Ramón, pero éste no lo ve.

  Insiste y escudriña a los demás: Salvador, Alfredo, el Washington, Hernán; ninguno lo ve. Están todos parados en línea y  no se divisan.

  Estuvieron  toda la mañana marcándole el territorio a la avioneta fumigadora.

  Ellos caminan y “el mosquito” planea en esa dirección y esparce el herbicida para preparar la tierra para el cultivo, por eso, les dicen banderas: van “flameando” de posta en posta, caminan la tierra y son el faro para los aeroplanos.

  Y ahora está ahí parado, sin saber cuánto falta para que vayan a buscarlo. El “mosquito” ya pasó varias veces, sobre el sembradío de soja y ellos ya llevan caminadas varias hectáreas. La orden es que cuando el sol aborda el horizonte deben quedarse parados en su sitio para que la chata vaya a recogerlos.  Nada de andar en grupo, de a uno y tranquilitos.

  Él quiere intercambiar el lugar con Ramón, aunque sea por un rato, cambiar de posta y guarecerse bajo aquél árbol que, milagrosamente, se yergue sobre el paisaje, justo donde se encuentra su amigo.

  La primavera está avanzada y es la tercera temporada que trabaja. Esta vez, no sabe por qué, le cuesta. En las anteriores no se sentía tan cansado. Ahora le duelen las piernas, no respira bien, tiene un peso en la nuca y  manchas rojas en esa piel tan oscura. Es el veneno, le dijeron en la salita; pero ¿qué hacer? Su padre se ha ido y ahora ellos deben sustentarse solos.

 Y como  el patrón es tan bueno y les da trabajo, pactó  portarse bien y cumplirá.

  Además,  les ha prometido llevarlos a pescar cuando termine la temporada de siembra, en el próximo barbecho.

  El viajante de la United Seeds les aseguró que si terminaban la temporada sin enfermarse, les compraría (a todos) un bate de béisbol, un guante y una pelota. Aunque ellos  prefirieran un arco de fútbol y una número cinco.

  El sol se veía en lontananza, la silueta de algunos teros brillaban con su fulgor y él ya se había olvidado de la sed, del calor, ya no le picaban las manchas de la piel. Miraba el vuelo de los pájaros, a algún cuis que corría entre los surcos y a las monjitas bien delineadas en sus plumas negras y blancas.

  ¿Qué comerían a la noche?, se preguntaba. Había hecho la cuenta. Caminar cien cuadras por día a veinticinco centavos cada una, le daría  veinticinco pesos, suficientes para una  comida y   guardar el resto para cuando no hubiera trabajo.   

  Era difícil sobrellevar el barbecho, aunque la tierra gustosa volviera a  resplandecer en esos períodos.

  Ya había anochecido cuando llegó la camioneta, tendido sobre la hierba escuchó su rugido y prontamente la trepó junto a sus compañeros.

  Llegó a su casa con los primeros  destellos de la noche, acompañado por el ladrido de los perros.

  Sin plegarias, ni meditacones se desplomó sobre su cama como una semilla yerma.

 

Andrea Testa


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